Opinión, politica

Reflexiones tras el 26M

Resulta difícil escribir, después de los decepcionantes resultados del pasado 26M. Y no es menos difícil encontrar explicaciones que puedan aclarar el desastre, cuando tan sólo un mes antes, en las elecciones generales, la sangría no había sido de tanto calado.

Cargar las tintas contra Errejón, por su portazo a Podemos y su abandono hacia formaciones más tibias, no puede explicar… (para leer artículo completo pinchar aquí)

 

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¡Basta de héroes de papel!

Encubrir cierto tipo de actos bajo la raída tela de la solidaridad o bajo la complacencia del “qué buenos son algunos empresarios, famosos u organizaciones que donan un minúsculo porcentaje de sus cuantiosos beneficios” no deja de ser una… para continuar leyendo el artículo, pinchar aquí.

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La ignorancia y la complacencia

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Una potencia dormida

Estamos siendo testigos de cómo un país entero se vuelca, de forma incondicional y desinteresada, por el intento de salvación de un niño de dos años que, hace algo más de una semana, tuvo la desgracia de caer a un pozo. Se han llevado a cabo esfuerzos titánicos a contrarreloj. Hay empresas que han ofrecido su material, sus expertos, su maquinaria, desinteresadamente. Y no se hace por salir en una foto. Se hace porque una nación entera se encuentra conmovida.

Como sucedió en el 11-M, como ha sucedido en otra serie de ocasiones en las que la desgracia se ha cebado con los españoles, el pueblo ha respondido unánime y contundentemente. Esto demuestra varias cosas:

Que los españoles somos algo más que un país de camareros al servicio de los turistas extranjeros.

Que los españoles somos muy capaces de ejecutar grandes y complicados proyectos.

Que los españoles somos capaces de aunar voluntades sin importarnos quién es  el que está a nuestro lado.

Que los españoles somos capaces de actuar sin fisuras.

Analizando esto, nos damos cuenta de que, si nos lo proponemos podemos llevar a cabo cualquier tarea. Si nos lo propusiéramos podríamos echar a toda la panda de corruptos que nos han estado estafando durante años. Si nos lo propusiéramos podríamos levantar una industria y ser una potencia mundial, en lugar de ser un país de servicios del resto del continente europeo. Si nos lo propusiéramos estaríamos a la cabeza del mundo, porque somos los mejores en muchas actividades.

Pero, en lugar de eso, a excepción de estas situaciones de desgracia y de conmoción nacional, nos dedicamos a jalear a los ladrones, a pedir autógrafos a individuos que nos han estafado y a abarrotar las plazas por el éxito de nuestros jugadores de fútbol o de baloncesto.

Julen ha caído a un pozo. Desconocemos si está con vida o sin ella, pero vamos a hacer lo posible por llegar hasta él y salvarle si tiene el más mínimo aliento de vida, pero ¿por qué no somos capaces de hacer nada por esos niños que están en riesgo de pobreza? ¿Por qué no somos capaces de movernos por aquellos que han perdido su casa por la voracidad de los bancos, que se las han vendido a precio de saldo, después, a fondos buitre, gestionados por las élites de este país? ¿Por qué no somos capaces de empatizar y de darles la mano a aquellos que se han sumergido en la vorágine de la crisis, perdiendo sus negocios, mientras se rescataba a los bancos, cuyos grandes accionistas huían, como las ratas en un naufragio, evadiendo millones de euros a paraísos fiscales?

Somos un país de demasiados contrastes, de mente perezosa y alma inquieta al que los árboles no le permiten ver el bosque.

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Lo que no vale para ti, sí vale para mí y otras estupideces del día

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Las fauces de la ultraderecha

Da lo miso lo que esté escrito en la Constitución. En esta y en cualquier otra, si los que juzgan sobre su incumplimiento atienden a determinada ideología. Da lo mismo lo que esté impreso en el articulado de las leyes si los que juzgan obedecen a determinados principios ideológicos, olvidándose del espíritu que señala la imparcialidad de la justicia y el sometimiento a la ley. La ley no debe interpretarse, sino aplicarse strictu sensu, pero en España, y en otros países, por muy democráticos que se presenten, las leyes se interpretan.

Ya he referido en varios artículos la confianza o las garantías que me sugieren las encuestas (dejo algunos títulos por si alguien decide tomarse la molestia de leer: ¡Marchando otra de encuestas!¿Podemos creer en las encuestas?Desmontando el CIS ) La realidad es que jamás aciertan. Pero no por ello deja de generar preocupación el auge que está tomando la extrema derecha, si bien la mayor parte de los sufragios no serán sino el trasvase de los encantados del centro-derecha (si es que se le puede otorgar ese nombre a la derecha casposa que ha venido gobernando estas últimas legislaturas) porque indica fundamentalmente que la cultura política de nuestros congéneres está ya en el despeñadero y precipitándose por el acantilado.

La juventud huida por la precaria situación en la que los gobiernos conservadores la han dejado, una población poco instruida y otra aburguesada que se deje seducir por algunas frases grandilocuentes que proponen soluciones fáciles a problemas complejos, han conseguido encaramar a la derecha extrema a las instituciones.

Si esa ideología calase en la población y consiguiese alcanzar el poder, estaríamos ante una situación de imprevisibles consecuencias: cuando los partidos de ideologías extremas se hacen con el poder, especialmente de forma democrática, es extremadamente complicado desalojarles de él, como decía al principio, comienzan a copar las parcelas de poder que necesitan para hacerse impunes: el poder judicial, el legislativo y el ejecutivo, y a estos le siguen el poder policial, el mediático – suprimiendo aquellas voces que le son críticas – y el militar.

Si esto llegase a suceder, estaríamos retrocediendo en el tiempo y regresaríamos a una historia negra de desesperanza, de lucha y, probablemente, de sangre. Si la ciudadanía no tiene capacidad crítica, ni juicio, ni conocimiento, ni visión de futuro, en pocos años nos encontraremos es el abismo.

Publicado previamente or este autor en Alcantarilla Social

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2019, y en estas estamos

Resulta que ayer era 2018, y hoy, casi sin enterarnos es 2019. Y esto que parece una estupidez, porque el Sol ha salido y se ha puesto más o menos a la misma hora que ayer, las estrellas han iluminado los cielos igual que ayer lo hicieron, no lo es tanto desde el punto de vista de los terrícolas que habitamos esta esfera que gira sobre sí misma a una velocidad de 1.700 kilómetros por hora, y, alrededor del sol a 30 kilómetros por segundo. No es lo mismo porque parece que nada hoy es igual que ayer. Se cambia de año y parece que todo tiene que transformarse. Todo ello es posible gracias al maravilloso mundo de la política: comienza el año y los contadores se ponen a cero. A partir de este momento se contabilizarán los muertos en accidente de carretera del 2019, el número de desahucios de 2019, las violaciones de 2019, las muertes por violencia machista de 2019, los parados de 2019, las listas de espera en los hospitales de 2019, lo que ustedes quieran de 2019. Los accidentes de carretera del 2018, los desahucios, las violaciones, las muertes por violencia machista, los individuos registrados en las listas del paro, las listas de espera en hospitales, ya no importan. Cifras, números, en eso nos han convertido. Ya desde el minuto cero del uno de enero de este año los números van a tener una importancia capital. Se nos vienen encima todo tipo de elecciones, y los próceres de la política tienen que cuantificar los posibles votos y comenzar la cabalística de las encuestas y los posibles mejunjes electorales que les conduzcan a la victoria. Se ven en la obligación de comenzar a componer sus programas electorales y fraguar innumerables mentiras con las que volver a engañar a una ciudadanía timorata, que se traga la píldora cada vez que le plantean un dilema electoral.

En estas estamos, hace tiempo que sobrepasamos la línea del siglo XX y ya con un ligero recorrido sobre el nuevo siglo XXI parece que somos más torpes, más inconscientes. Estamos absolutamente abducidos por la verborrea huera de los políticos vendedores de crecepelo y del elixir de la eterna juventud, y no nos planteamos que, si jugamos a los números, somos muchos más que ellos, y podemos salir a inundar las calles, a decir que no nos convencen sus cuentos tantas veces contados, que no queremos que se lucren a nuestra costa, que somos nosotros, y no ellos, los que hacemos de nuestro país una nación, que somos nosotros, y no ellos, quienes tenemos derecho a elegir el modelo de sociedad en el que queremos vivir. Pero como entre el 2018 y el 2019 únicamente existe una cifra de diferencia, y los números, en muchos casos se reducen a eso, me temo que continuaremos con el mismo aborregamiento, con el mismo letargo y con la misma convicción de que el humo que venden algunos es la hoguera, y no el humo.

Ojalá me equivoque, pero creo que hemos entrado en barrena.

¿¡Feliz 2019!?

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