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Pablo Motos, ¿síndrome de hubris?

Hay una patología denominada síndrome de hubris, que consiste en un trastorno psíquico adquirido, por el cual ciertas personas con determinado poder o éxito, producen que condiciones como la seguridad y la confianza se transformen en soberbia, arrogancia y prepotencia, y eso les hace considerar que lo saben todo. Por eso a esta patología, coloquialmente, se la denomina enfermedad de los que creen saberlo todo.

Por tanto que un individuo que presenta un programa de “entretenimiento” humorístico, se permita el lujo de realizar determinadas críticas, y juicios de valor, sobre aquellos que sí saben de las materias sobre las que tratan y trabajan, paréceme a mi humilde entender, que no son sino una vez más, un signo de arrogancia y de odio, y, quizás, si me apuran, una estrategia de aniquilar a quien se considera un adversario político. Por eso, se me antoja que el señor Pablo Motos no hace sino seguir un guión marcado por la cadena a la que sirve, y, muy probablemente también, siguiendo sus propias convicciones ideológicas.

Yo, que no creo que lo sepa todo, sino más bien como dijo Sócrates, sólo sé que no sé nada, si me puedo permitir la licencia de opinar y de considerar ciertas frases o argumentos de estos iluminados, como es el caso de Pablo Motos, que tratan de llevarnos a su verdad, esa verdad trastornada por lo que yo creo que es el síndrome que he expuesto al inicio de este artículo.

Es por ello que Pablo Motos, o bien padece del síndrome del que he hablado en mis primeras líneas, lo cual debería diagnosticárselo algún especialista (aunque puede que para él los especialistas no tengan valor alguno, ya que sus vastos conocimientos en todas las materias le hagan considerar otra cosa), o bien es un individuo que ha perdido completamente la dignidad y la ética profesional, cuando lanza toda esa toxina venenosa sobre el doctor Simón, cuya conducta y profesionalidad se ha demostrado intachable durante todo el período que llevamos de la pandemia de la COVID-19.

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Que dice Reverte que…

Que dice Perez Reverte que él quiere escribir lo que le salga de los cojones. A mi me parece muy bien. Y supongo que si él puede desear escribir lo que le salga de los cojones, yo también debo poder, a menos que él piense que es el único que puede escribir lo que le salga de los cojones y los demás no.

De modo que yo puedo escribir que pienso que Pérez-Reverte se parece a alguno de los personajes de sus libros, que es uno más de los que se han apuntado al nacionalismo español, y a la sombra del poder ese “de toda la vida”, ya me entienden. Esa crítica de lo político y de los políticos, para que exista una única política, dirigida por los de siempre.

Claro, le hicieron miembro de la Real Academia Española, y eso, al final, tiene un coste, y hay que pagarlo.

Creo que Reverte confunde censura con crítica. No creo que nadie le haya impedido publicar nada o dejar de escribir lo que le de la realísima gana, pero le incomoda que le critiquen, especialmente le incomoda que le critique la izquierda, y más que nada le fastidia que le digan que tras sus escritos existe un trasfondo machista. ¿Por qué será?

No era necesario, a mi humilde entender, que ante la crítica de que sus personajes destilan un tinte machista, se salte con la frase “quiero escribir lo que me salga de los cojones”, sólo bastaría decir que los personajes de su obra reflejan una realidad machista que existe, y punto.

Lo malo es que, pudiera ser que no sea esa la intención de su obra, sino la de proyectar ese machismo como algo normal y respetable. ¿Se cabrea por eso?

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COVID 19 vs estupidez

Desde que se extendió la epidemia del Coronavirus, el que escribe viene observando un crecimiento exponencial de la idiotez.

No sabe el que estas líneas relata a qué será debido, pero presume que se trata de algo latente que ha despertado de forma explosiva. Los científicos de medio mundo se están devanando los sesos para encontrar respuestas a este virus que ha arrasado la totalidad del planeta, pero parece que ciertos individuos, que no saben hacer la “o” con un canuto, tienen soluciones y recetas para este dilema que la Naturaleza le ha planteado a la Humanidad.

Entre las diferentes sabihondeces que pueden escucharse es esa “del virus chino”. No sabía yo que los virus tenían nacionalidad, lo mismo hay que hacerles una tarjeta de residencia o algo parecido.

Otras de las lindezas, que provienen de distintos personajes conocidos del mundo de la farándula, son esos de que esto del “coronavirus es la gran mentira de los gobiernos”. ¿Por qué no se lo dice cara cara a los familiares de los muertos o a los que las han pasado de a kilo en un hospital o en su propia casa.

Existen los que rizan el rizo de todo esto y andan jactándose públicamente de que al mes ya se estaban saltando el confinamiento, como la gran hazaña, y tienen la desvergüenza de abrocharlo con la coletilla de “como todo el mundo”. Pues como todo el mundo NO, existe una gran mayoría que ha permanecido en casa, y gracias a ello se ha conseguido controlar la enfermedad que, no se nos olvide, permanece aún entre nosotros. Sería de agradecer que las autoridades actuasen de oficio y le aplicasen la sanción correspondiente, al igual que han hecho con otros ciudadanos con menos renombre y que han infrigido la ley.

En fin, lo que está claro es que para la idiotez no hay ni medicación, ni vacuna, aunque, afortunadamente no parece que sea especialmente contagiosa.

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¡Jaque al rey!

¿Qué esperaba Felipe de Borbón, aplausos, agradecimientos por la concesión del premio Princesa de Asturias al personal sanitario?

Pues no, un gran número de sanitarios lo rechaza. Los aplausos y los premios son una muestra de reconocimiento, pero con eso no se solucionan los problemas de un colectivo. Ellos han estado en primera línea, batallando contra ese enemigo invisible que ha tenido – y aún tiene, que no se nos olvide – a todo el mundo en la cuerda floja, matando indiscriminadamente, enfermando sin condiciones de raza, género o condición social.

Pero, con unos aplausitos y un premio se quiere agradecer una labor titánica que ha sido mucho más dolorosa por la escasez de medios. Entretanto, el monarca, encerrado en La Zarzuela, disfrutaba de sus lujos, de esos privilegios que le concede la ciudadanía española. Mientras esa monarquía caduca y vetusta nos ha estado robando, ingresando dinero en paraísos fiscales, la sanidad se batía con el enemigo día a día.

Mejor gesto habría sido obligar al que ha arrebatado el dinero de las arcas públicas a donarlo a la sanidad, para mascarillas, para EPIs, para respiradores. Pero, no. La monarquía, con su habitual paternalismo pretende solucionarlo todo con un premio ridículo. Se le olvida que el colectivo sanitario no es un grupo de idiotas a los que engañar con un caramelo, como a un niño pequeño. Se les olvida que salían todos los sábados – esas mareas blancas – a defender la Sanidad Pública porque veían que la estaban desmantelando. Otros, mientras robaban. Los que le quieren conceder el premio también.

Ahora premian a la Guardia Civil, incrementando su salario. Los militares también lo exigen, y a los sanitarios los despiden, porque ya ha pasado lo peor: de usar y tirar. ¡Qué puñetera vergüenza!

Apenas ha pasado la tormenta, apenas hemos sido testigos de la necesidad ten primordial que tiene la Sanidad Pública y ya está la Ayuso hablando de privatizar la Fundación “Niño Jesús”. No tienen vergüenza. ¡Qué escoria más grande gobierna la Comunidad de Madrid!

Si a alguien le sorprende, o no entiende, que los sanitarios digan “No queremos premios de ladrones” es porque vive muy lejos de nuestra realidad.

¡Qué devuelvan lo robado! España lo necesita, mientras la Monarquía es un lastre innecesario.

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Cayetana…

He leído que quiso usted ser española, que podía haber decidido nacionalizarse francesa o quizás inglesa, no sé, por el tiempo que permaneció por aquellas tierras, porque supongo, y es solo un suponer, que la nacionalidad argentina sí que la tiene, por aquello de la doble nacionalidad.

Yo, sinceramente, le habría agradecido encarecidamente que se hubiese usted nacionalizado en cualquier otro lugar de este mundo, que tan pequeño se nos ha hecho después del azote de la Covid-19, porque desde luego lo que es en nuestro suelo patrio, usted es de lo más deleznable que ha pasado, que tengamos noticia.

Decir en sede parlamentaria – y en cualquier otro foro, pero especialmente en ese – que el padre de Pablo Iglesias fue un terrorista, no hace sino demostrar la ignorancia de la que hace usted gala cada vez que abre la boca y el desconocimiento de nuestra historia más reciente, si somos capaces – lo que es, sinceramente, complicado – de desligar el desconocimiento de la maldad, de la mezquindad, de la ruindad y de la bajeza moral. Y aunque parezca que ya uno a eso se acostumbra, siempre hay algo en su persona que hace que nos sorprenda más.

Se alimenta usted de la calumnia, de la inquina y del odio. Su oposición al partido del gobierno es venenosa y tóxica porque no tiene argumentos para oponerse a las gestiones del ejecutivo, sino que trae a colación vituperios infundados, innecesarios y de la peor baba con el objeto, tal vez de dar que hablar, de que parezca que está usted en el parlamento para algo, de que tiene algo que ofrecer, después del mayor batacazo en unas elecciones del partido al que representa, cuando lo hizo usted como cabeza de lista por Barcelona.

Nada me extrañaría que con su ascendencia genética sumada a la ideología que defiende, se hiciese valedora de las políticas de Videla, que, quizás para usted no fuese un terrorista, y que tenga la desvergüenza de tachar a un activista contra el franquismo de ello, porque entonces metería en el mismo saco a una ingente cantidad de compatriotas que se opusieron a la dictadura del general. Según parece su padre perteneció a la Resistencia Francesa contra el nazismo alemán, ¿con sus palabras está queriendo decir que su padre fue un terrorista?

Su miopía política es sólo comparable a su falta de decencia y a su ignorancia supina de la historia del país en el que vive. Tal vez ha leído usted demasiados libros sesgadamente franquistas, o defensores del fascismo, y pocos volúmenes de Historia, basados, no en cuentos, sino en datos historiográficos, únicos válidos para hacer Historia con rigor. Y, fundamentalmente, le falta la experiencia de haber vivido una época muy negra de nuestra Historia, esa España a la que usted se ha apuntado, como el que elige que trozo de la tarta le apetece, en la que muchos sufrimos el terrorismo del Estado, que trataba de eliminar toda oposición a su gestión y a su autoritario y dictatorial ideario político.

Espero con toda mi alma que su trayectoria política sea breve, y que deje que los españoles de bien vivamos en paz, sin levantar las heridas aún no cicatrizadas que los suyos nos infligieron un día.

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Carta abierta a Fernando Simón

Fernando:

Es realmente vergonzosa la actitud de determinados medios y de determinados políticos ante la situación que estamos viviendo. Es absolutamente abominable la desafección que determinados personajes de la vida pública muestran hacia tu persona.

Nada es, sin embargo, sorprendente en un país que se ha venido significando por su falta de empatía, aunque luego sea considerado como de los más solidarios del mundo.

Muchas veces me pregunto a qué se debe esa solidaridad. Me lo pregunto porque no deja de asombrarme esa capacidad de tantos españoles para ser el mejor presidente, el mejor árbitro, el mejor juez, el mejor padre, el mejor conductor, el mejor cualquier cosa, siempre que sea ajena a sus quehaceres habituales. A todos les gusta criticar y les molesta infinitamente que les critiquen. Y por supuesto, la autocrítica es algo que, entre nosotros, brilla por su ausencia.

¡Qué labor tan difícil, Fernado! Tener que coordinar la evolución de una enfermedad que ha asolado todos los rincones de la Tierra y, a la vez, tener que soportar a más de mil idiotas en la calle.

¡Qué labor tan difícil, Fernando! Tener que coordinar una situación de emergencia nacional, con unos medios precarios, heredados de tiempos anteriores y sufrir, al mismo tiempo, toda la artillería de aquellos cuyo único fin no es la salud de las gentes, sino la manera de derribar un gobierno que les incomoda.

¡Qué labor tan difícil, Fernando! Tener que aconsejar medidas duras e impopulares por ayudar al gobierno de turno, por ser simple y llanamente uno de los mejores y mayores expertos en disciplinas tan  desconocidas coo la epidemiología.

Pero todos ellos, todos esos que hoy acompañan tu nombre de cualquier disparatado adjetivo, el día que te premien por tu labor, ya sea en España, o en el extranjero, no dudarán en encumbrarte, aunque hoy te hayan pedido la carcel o te hayan lapidado en los medios.

Vivimos en un país de hipocresía, donde los mismos que mataron a Lorca y lanzaron exabruptos contra Alberti o Picasso, hoy los encumbran. Los que dijeron NO a la Constitución de 1978, hoy la defienden como si hubiese sido su gran obra. Los que utilizan la bandera de España para defender sus intereses partidistas.

Ánimo Fernando, porque no estás solo. Una multitud está contigo.

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Los funcionarios de la Administración Pública olvidados

Durante todo este tiempo de azote de la pandemia se ha estado aplaudiendo al personal sanitario, a las Fuerzas de Seguridad del Estado, a Protección Civil y a la UME, pero hay una parte del funcionariado del Estado que ha estado realizando una encomiable labor en silencio. Una labor que está permitiendo el sostenimiento económico de muchas familias.

Estos funcionarios pertenecen al SEPE – lo que algunos conocen por el INEM – y se trata de un grupo de personas que se han encontrado de bruces con una situación nueva, con una legislación completamente novedosa en cuanto a la resolución de los ERTE, y que han tenido que reaccionar a la velocidad del rayo para tratar de paliar el derrumbe económico de millones de personas.

Este colectivo, que es deficitario dentro de su organismo, debido principalmente a los recortes de los gobiernos de la derecha, ha estado (para leer el artículo completo, pinchar aquí)

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Mil idiotas en la calle

El pasado 23 de mayo salieron unos cuantos, inicialmente transitando con sus coches y apropiándose de la bandera nacional, a protestar contra el gobierno. Inicialmente porque imágenes tomadas y distribuidas por los medios y las redes, mostraban a muchos fuera de los vehículos, sin respetar las medidas de seguridad. Y digo bien, al decir contra el gobierno. Porque la excusa eran las medidas del Ejecutivo para detener la pandemia, pero la realidad es que les molesta que ellos, los que están acostumbrados a ostentar el poder, tengan que verse obligados a cumplir determinadas órdenes. Claro, ellos eran los que daban órdenes, y, ahora tienen que acatarlas. Eso es lo que les indigna y les reconcome por dentro.

Son incapaces de soportar que no les dejen hacer esa vida de privilegio que han tenido hasta ahora. A eso es a lo que ellos llaman “libertad”. Esa libertad que gritan desgañitándose, no es “La Libertad” con mayúscula, es “su libertad”.

A ellos la libertad de los demás les importa un carajo. Sólo les importa la suya, la de acudir a su casa en la playa, o en la sierra, la de abrir sus negocios, sin importar el peligro que podemos corer los demás, la de ir a los restaurantes y si alguien se infecta, ya contratarán a otro. ¿No son capaces de pensar que ellos mismos corren idénticos riesgos? ¿Hasta tal punto alcanza su necedad? Eso parece.

Los he escuchado hasta la saciedad. Esa palabrería huera guerracivilista, hablando de comunismo, de bolcheviquismo, de patria, de honor, de Estado, de luto nacional y de banderas. Bazofia pura. La bandera no cura. No les he oído en ninguna intervención ningún argumentario explicando qué medidas habrían tomado ellos. ¿Las de Brasil, no al confinamiento, convivir con el virus? Si es así, los resultados ya se están viendo, porque Brasil va directa al precipicio con una velocidad de contagio que va a destruir el país y la economía. Así comenzó el Reino Unido, con la peregrina idea de la inmunidad de rebaño y no tuvo más remedio que hacer lo que sus vecinos europeos: confinar a la población.

Me pregunto por qué no salieron también gritando a favor de la sanidad privada, pero han debido comprender que esa, la que tanto han defendido, ha desaparecido en esta pandemia. Vacaciones para médicos y enfermeras y cierre de la persiana. ¡Que lo haga la pública! Después la criticaremos, como siempre.

A pesar de ellos saldremos de esta pesadilla. Pero una cosa deberían aprender algunos: la idiotez no tienen cura, pero sí vacuna: la educación y la cultura.

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Adios Julio. Hasta siempre camarada y maestro

Adiós, Julio. El tiempo te otorgó la razón. El tiempo consiguió que te tuviesen respeto. El tiempo, y tus principios. Esos principios inamovibles de honradez, de sencillez, de ser humano. ¿Hay algo más grande que ser reconocido como ser humano?

La vida es injusta, Julio. Casi siempre se van antes los buenos. Tú conseguiste esa inusual pirueta de que el enemigo te tuviese respeto. Eso es algo muy grande que han logrado  muy pocos. Se me vienen a la memoria Tierno Galván, por ejemplo, o Antonio Fraguas, Forges, sin ir más lejos.

Te has ido. Nos abandona esa sabiduría, no sólo de la experiencia, sino la que da la intelectualidad, el conocimiento, la avidez por saber, por comprender, la capacidad analítica, y la talla humana. La pedagogía, la humildad y esa forma sosegada de defender las ideas. Jamás te escuché un insulto, nunca vi que te dirigieras con odio, o con encono hacia nadie.

Fuiste un grande, Julio. Y aunque te hayas ido, serás eterno. Permanecerás en nuestras vidas, y, probablemente en las venideras, porque, por desgracia, tengo la amarga percepción de que la sociedad es poco permeable a las ideas en las que se basó siempre tu concepto de sociedad y tu percepción de la justicia en el mundo.

Tus frases, tus entrevistas, tus reflexiones, tus ideas, no morirán, continuarán vivas.

Aunque te hayas ido, Julio, permanecerás en nuestras vidas.

Adiós, Julio. Hasta siempre camarada y maestro.

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La otra pandemia

No sólo sufrimos la pandemia del coronavirus o COVID-19, o como quieran nombrarla. Hay quien dice que existe una pandemia añadida, o derivada que es la del miedo. Sin embargo yo pienso que el miedo es una consecuencia, como cuando se produce cualquier otro suceso que afecta a una gran cantidad de población.

Aunque sí creo que existe otra pandemia, y que lleva conviviendo con nosotros desde siempre. Es la pandemia de la imbecilidad, y para ella no existen fármacos ni vacunas. Está ahí, perpetua, inexorable.

La imbecilidad de creer que la libertad es poder salir a la calle, cuando se ha comprobado que la reducción de la infección ha sido posible gracias al sacrificio de quedarse en casa, no sólo en España, sino en todos los países. Y en mayor medida, cuando se comprueba que aquellos que no lo han hecho, o han tardado en hacerlo, han sufrido un golpe mucho más violento de la epidemia.

La imbecilidad de no darse cuenta de que la libertad supera la barrera de la movilidad, que consiste en poder expresarse, criticar, aplaudir o recriminar. Y eso es algo que en otros tiempos no se permitía, ni en la calle, ni desde una ventana, un balcón, o las páginas de un periódico.

La imbecilidad de judiciadizarlo todo, para saturar los juzgados con demandas sin sentido, mientras casos de justicia que merecen atención, se retrasan por las estúpidas ocurrencias de unos cuantos.

La imbecilidad de creer que el insulto tiene más fuerza que la razón o que los argumentos, y que el odio va a solucionar lo que debería solucionar la concordia.

La imbecilidad de arremeter contra los científicos que tienen el conocimiento, la experiencia y la sabiduría. Y a falta de bares buenas son las redes sociales para hacer un alegato superlativo de la estulticia. Y por si no fuera suficiente, también está el Congreso.

Así que, tendremos que convivir con esta pandemia per secula seculorum. La única vacuna que conozco frente a ella es la indiferencia.

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