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Mil idiotas en la calle

El pasado 23 de mayo salieron unos cuantos, inicialmente transitando con sus coches y apropiándose de la bandera nacional, a protestar contra el gobierno. Inicialmente porque imágenes tomadas y distribuidas por los medios y las redes, mostraban a muchos fuera de los vehículos, sin respetar las medidas de seguridad. Y digo bien, al decir contra el gobierno. Porque la excusa eran las medidas del Ejecutivo para detener la pandemia, pero la realidad es que les molesta que ellos, los que están acostumbrados a ostentar el poder, tengan que verse obligados a cumplir determinadas órdenes. Claro, ellos eran los que daban órdenes, y, ahora tienen que acatarlas. Eso es lo que les indigna y les reconcome por dentro.

Son incapaces de soportar que no les dejen hacer esa vida de privilegio que han tenido hasta ahora. A eso es a lo que ellos llaman “libertad”. Esa libertad que gritan desgañitándose, no es “La Libertad” con mayúscula, es “su libertad”.

A ellos la libertad de los demás les importa un carajo. Sólo les importa la suya, la de acudir a su casa en la playa, o en la sierra, la de abrir sus negocios, sin importar el peligro que podemos corer los demás, la de ir a los restaurantes y si alguien se infecta, ya contratarán a otro. ¿No son capaces de pensar que ellos mismos corren idénticos riesgos? ¿Hasta tal punto alcanza su necedad? Eso parece.

Los he escuchado hasta la saciedad. Esa palabrería huera guerracivilista, hablando de comunismo, de bolcheviquismo, de patria, de honor, de Estado, de luto nacional y de banderas. Bazofia pura. La bandera no cura. No les he oído en ninguna intervención ningún argumentario explicando qué medidas habrían tomado ellos. ¿Las de Brasil, no al confinamiento, convivir con el virus? Si es así, los resultados ya se están viendo, porque Brasil va directa al precipicio con una velocidad de contagio que va a destruir el país y la economía. Así comenzó el Reino Unido, con la peregrina idea de la inmunidad de rebaño y no tuvo más remedio que hacer lo que sus vecinos europeos: confinar a la población.

Me pregunto por qué no salieron también gritando a favor de la sanidad privada, pero han debido comprender que esa, la que tanto han defendido, ha desaparecido en esta pandemia. Vacaciones para médicos y enfermeras y cierre de la persiana. ¡Que lo haga la pública! Después la criticaremos, como siempre.

A pesar de ellos saldremos de esta pesadilla. Pero una cosa deberían aprender algunos: la idiotez no tienen cura, pero sí vacuna: la educación y la cultura.

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Adios Julio. Hasta siempre camarada y maestro

Adiós, Julio. El tiempo te otorgó la razón. El tiempo consiguió que te tuviesen respeto. El tiempo, y tus principios. Esos principios inamovibles de honradez, de sencillez, de ser humano. ¿Hay algo más grande que ser reconocido como ser humano?

La vida es injusta, Julio. Casi siempre se van antes los buenos. Tú conseguiste esa inusual pirueta de que el enemigo te tuviese respeto. Eso es algo muy grande que han logrado  muy pocos. Se me vienen a la memoria Tierno Galván, por ejemplo, o Antonio Fraguas, Forges, sin ir más lejos.

Te has ido. Nos abandona esa sabiduría, no sólo de la experiencia, sino la que da la intelectualidad, el conocimiento, la avidez por saber, por comprender, la capacidad analítica, y la talla humana. La pedagogía, la humildad y esa forma sosegada de defender las ideas. Jamás te escuché un insulto, nunca vi que te dirigieras con odio, o con encono hacia nadie.

Fuiste un grande, Julio. Y aunque te hayas ido, serás eterno. Permanecerás en nuestras vidas, y, probablemente en las venideras, porque, por desgracia, tengo la amarga percepción de que la sociedad es poco permeable a las ideas en las que se basó siempre tu concepto de sociedad y tu percepción de la justicia en el mundo.

Tus frases, tus entrevistas, tus reflexiones, tus ideas, no morirán, continuarán vivas.

Aunque te hayas ido, Julio, permanecerás en nuestras vidas.

Adiós, Julio. Hasta siempre camarada y maestro.

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La otra pandemia

No sólo sufrimos la pandemia del coronavirus o COVID-19, o como quieran nombrarla. Hay quien dice que existe una pandemia añadida, o derivada que es la del miedo. Sin embargo yo pienso que el miedo es una consecuencia, como cuando se produce cualquier otro suceso que afecta a una gran cantidad de población.

Aunque sí creo que existe otra pandemia, y que lleva conviviendo con nosotros desde siempre. Es la pandemia de la imbecilidad, y para ella no existen fármacos ni vacunas. Está ahí, perpetua, inexorable.

La imbecilidad de creer que la libertad es poder salir a la calle, cuando se ha comprobado que la reducción de la infección ha sido posible gracias al sacrificio de quedarse en casa, no sólo en España, sino en todos los países. Y en mayor medida, cuando se comprueba que aquellos que no lo han hecho, o han tardado en hacerlo, han sufrido un golpe mucho más violento de la epidemia.

La imbecilidad de no darse cuenta de que la libertad supera la barrera de la movilidad, que consiste en poder expresarse, criticar, aplaudir o recriminar. Y eso es algo que en otros tiempos no se permitía, ni en la calle, ni desde una ventana, un balcón, o las páginas de un periódico.

La imbecilidad de judiciadizarlo todo, para saturar los juzgados con demandas sin sentido, mientras casos de justicia que merecen atención, se retrasan por las estúpidas ocurrencias de unos cuantos.

La imbecilidad de creer que el insulto tiene más fuerza que la razón o que los argumentos, y que el odio va a solucionar lo que debería solucionar la concordia.

La imbecilidad de arremeter contra los científicos que tienen el conocimiento, la experiencia y la sabiduría. Y a falta de bares buenas son las redes sociales para hacer un alegato superlativo de la estulticia. Y por si no fuera suficiente, también está el Congreso.

Así que, tendremos que convivir con esta pandemia per secula seculorum. La única vacuna que conozco frente a ella es la indiferencia.

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¿Qué pasa con esta gente?

¿Pero qué pasa con esta gente? ¿Qué sucede con la policía que apaleaba a los que se manifestaban frente al Congreso de los Diputados? ¿Dónde están los antidisturbios que arrastraban a mujeres y ancianos por las escaleras de los colegios el 1 de octubre?

¿A qué se debe la impunidad de estos fascistas que ponen en riesgo la salud de los españoles, estos patriotas de mierda, de banderita en la pulsera, o en la correa del reloj?

Resulta que los Jordis pusieron en peligro la integridad territorial saltándose la Constitución y este atajo de desalmados, que ponen en riesgo la salud de toda la nación, campan a sus anchas. Para la presidenta de la Comunidad no parece tener importancia, el alcalde de Madrid se ha enterado por la prensa y el Delegado del Gobierno, ¿Dónde coño estaba el Delegado del Gobierno y a qué se dedicaba?

Si se contagiasen ellos, poco me iba a importar. En el pecado llevarían la penitencia. Lo malo, lo peor, es que este rebaño de desalmados ya ha demostrado que es capaz de saltarse todas las normas y todas las directrices, lo que los convierte en un arma letal.

Hace falta que, si las autoridades locales o autonómicas no toman partido, se haga desde la centralidad del estado, y se les ponga las multas que sean procedentes o sean detenidos.

Gritaban “Libertad”, ellos, los que sustrajeron la libertad a golpe de bayoneta, los que enterraron a miles en las cunetas, los que encarcelaron a los opositores.

¡Qué paradojas tiene la vida!

Desde aquí le pido al Gobierno la contundencia necesaria, así le llamen bolivariano, bolchevique, comunista, o lo que fuere. Con la salud de todos no se juega. A ellos les ha importado poco, la salud y la vida de los demás. No podemos permitirlo. El Gobierno, menos.

Esta vez, no. No podemos dejar que pasen.

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¿Otra vez, Ana Rosa?

Otra vez, Ana Rosa, tu incontinencia verbal no tiene parangón entre los medios de comunicación. La animadversión que muestras hacia el gobierno y hacia la izquierda es absolutamente repulsivo. No hay más que ver que sigues contando en tus tertulias con ese miserable de Eduardo Inda, un individuo que ya ha sido condenado por publicar información falsa y por falsificar documentos. ¿Eso es lo que te avala, consentir a semejante individuo referirse a Fernando Simón como un inútil integral, excusándose en que es lo que opina la gente, para librarse de una querella?¿Y tú, para poner el broche dices, “hombre, en su casa le querrán”?¿A ti donde te quieren, dinoslo?

A Fernando Simón más que quererle se le debe un respeto. Se le debe un respeto porque está liderando la dirección científico-técnica de una pandemia brutal cuyos antecedentes más cercanos se encuentran en la gripe española de 1918, casi hace un siglo.

El señor Simón estuvo cuando gobernaba el PP en el triste caso del contagio de Ébola. Entonces nada decían usted y sus palmeros. Lo que precisamente le hace a Simón merecer respeto es indudablemente eso, que, independientemente del signo político de los que gobiernan, él ha estado ahí. Eso significa que no es un cargo político, sino un profesional en quien todos confían, excepto ustedes y sus acólitos que, con tal de desprestigiar la labor de un gobierno que no les gusta, son capaces de intentar poner en tela de juicio la carrera profesional de alguien con una solvencia poco discutible, no como la suya, que plagia a autores para llevar a cabo algo para lo que usted no tiene capacidad alguna, y de rodearse de individuos como Inda, un delincuente pagado por los medios afines a la oposición para tratar de derribar a un gobierno, no con argumentos sólidos, consistentes, creibles, sino con insultos y tretas de la más inmensa bajeza moral. Es lo que les sucede a ustedes, que cuando no tienen argumentos – que sucede en la mayoría de las ocasiones – recurren a la falsedad, al insulto y a la inmoralidad.

Ni sabes escribir un libro, ni sabes hacer periodismo, Ana Rosa. Por eso no te pagan por tu labor periodística, sino por tu labor de perro de presa.

Puede que algún día te mires al espejo y te des asco.

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¡Qué decepción, Gabriel!

¡Qué decepción, Gabriel! No hace tanto, desde la tribuna del Congreso llamabas a las fuerzas de izquierda al entendimiento, sostenías que era una oportunidad única, que no llegar a construir puentes podría llegar a ser algo de lo que nos arrepintiésemos toda la vida.

¿Qué ha cambiado, Gabriel?¿Has vuelto a poner la soberanía catalana por encima de los principios de la izquierda?¿Importa más que durante un tiempo la Sanidad y la movilidad de los ciudadanos estén gestionados desde un único centro gestor, que la soberanía o las competencias de una zona de España?

¿Realmente lo crees así, Gabriel, o es algo que defiendes porque se trata de la decisión del partido al que perteneces? Tanto si se trata de una cosa como de la otra, me resulta decepcionante. Porque si es de tu cosecha me hace pensar que tu criterio tiene la piel muy fina, ya que cambiar tanto en tan poco espacio de tiempo, no define la solidez de un principio, y si se trata de la segunda opción, creo que es mejor cederle la palabra a un compañero o, incluso, dimitir. Hay que tener agallas, las mismas que cuando se le exigen a los demás.

No entiendo, Gabriel, que en estos momentos tan duros que transitamos seas, precisamente tú, quien se apunte a poner palos en las ruedas a la labor de un gobierno que está tratando de salvarnos del precipicio. Lo que más me duele es que estoy plenamente convencido de que lo sabes. Yo no te voy a echar en cara que votas lo mismo que la extrema derecha, porque las razones son diferentes. Pero si te voy a afear que hayas supuesto un obstáculo para la izquierda, que no es lo mismo, pero las consecuencias pueden tener parecido calado.

Deberías haberte dado cuenta, a estas alturas del partido, de que no se trata de catalanes o españoles, o vascos, gallegos, valencianos, que se trata de ciudadanos, con nombres y apellidos y que no importa de donde son, ni siquiera importa el país, ni el continente. Se trata de algo universal que a todos nos afecta por igual. Y tú deberías haber estado muy por encima de eso. Porque no se trata de hacer política, se trata de tener talla humana.

Hoy no has estado a la altura, Gabriel.

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Carta abierta a Isabel Ayuso

Señora Ayuso:

Es realmente bochornosa su actitud, y vergonzosa. Las imágenes que se vieron en el cierre de las instalaciones del IFEMA no dan lugar a dudas: fue un acto inconsciente y cargado de peligro, además de un insulto a una ciudadanía que lleva confinada ya casi dos meses.

Usted pidió perdón, confesando que fue un error, que no habían medido las consecuencias. Yo, personalmente, se lo perdonaría. Se lo perdonaría si ustedes, a los errores que ha cometido el gobierno en estos duros y difíciles días de lucha contra este virus desconocido y devastador, hubiesen tenido una actitud de comprensión, aceptando las disculpas cuando Pablo Iglesias se dirigió a los niños pidiéndoles perdón, o cuando se han llevado a cabo otras rectificaciones. Ustedes ante esas manifestaciones han reaccionado acusando al gobierno de incompetente y de negligente. ¿Por qué no se aplican ustedes mismos esos calificativos? ¿Por qué lo de ustedes son errores y lo de los que gobiernan son incompetencias?¿No le parece una actitud vergonzosa, sin la más mínima empatía, dañina, torticera y electoralmente interesada?

Por si fuera poco, se disponen a derribar todo el esfuerzo que los ciudadanos han estado realizando durante casi dos meses, oponiéndose a prorrogar un estado de alarma que podría ser el golpe definitivo a la contención del virus, y que la interrupción del mismo podría significar un daño sin parangón a la crisis sanitaria y económica que estamos viviendo.

En definitiva, señora Ayuso, no tienen ustedes conciencia, ni sentido de estado, ni empatía con sus colegas, ni respeto por la ciudadanía. Únicamente les preocupa la salud de las grandes empresas a las que siempre han protegido, sin darse cuenta de que un rebrote podría ser la puntilla definitiva a la economía española. Pero, entretanto, se les llena la boca de la palabra España, se dedican a pasear una bandera, porque les importan más los colores de un pedazo de tela que lo que ese pedazo de tela coloreado representa en realidad, y se ponen lazos y corbatas negras que no nos van a devolver a nuestros muertos.

¡Trabajen por España, en lugar de hablar de España!

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